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Chrestus, and Judas.

( MARCH. 23, 2008) Espero que hayan pasado un Happy Easter, y que en La Noria Hayan pasado un feliz dia de los chamucos.
Un saludo para Cuco “La Chuca”, Guerrero. Espero que no se le haya “Cebado” ningun chamuco. De los que el hace, no de los chamuquillos, y que todos hayan disfrutado de esta tradicion. La de tronar chamucos.


acvilleda@yahoo.com

Con razón harto discutible, François Mauriac decidió dar “algunos retoques” a su Vida de Jesús en respuesta a los múltiples reproches que surgieron de varios puntos del horizonte debido a que en ese libro se había visto movido por la necesidad de volver a encontrar al hombre viviente y que sufre, cuyo sitio queda vacío en medio del pueblo: “El Verbo encarnado, un ser de carne, de una carne semejante a la nuestra”. Dado que el Nobel francés 1952 atendió una infinidad de inquietudes de sus lectores, se preguntaba si acaso era verdad que Jesús testimoniaba a su madre más ternura de la que él había señalado, o si el hombre flagelado, cuya huella la fotografía ha revelado en la reliquia de Turín, era muy alto y su rostro debió ser, sin duda, como el que aparecerá un día en las nubes desgarradas del cielo, con una gran majestad y una gran gloria.

“He de pedir perdón, pues, a los exégetas a quienes haya irritado o zaherido; pero no era mi propósito entregarme a la crítica de los textos. El Nuevo Testamento, como se nos ofrece hoy, es la historia de un hombre de rasgos bien definidos y cuyo retrato psicológico podemos intentar dibujar cada uno de nosotros”, escribe Mauriac en el prefacio de la edición revisada (Plaza & Janés) de su singular retrato literario. Después de tantos artículos y cartas recibidas, el autor ya no podía dudar, si no de haber deformado a Cristo, por lo menos de haber proyectado sobre su figura un juego de sombras y luces a partir de lo que llamaba sus “oscuras preferencias”. Pero siempre con la voluntad de vindicar que el Verbo se hizo carne: “La cruz sólo es adorable porque Él fue clavado en ella. La cruz sin el Verbo no sería más que un patíbulo”.

La preocupación de Mauriac, que luce discutible, puede entenderse si se leen con atención ciertos pasajes de la novela, como el relativo al hombre de Queriot, ese Judas llamado el último de los doce que el Nazareno eligió como discípulos suyos: “¿Cómo Judas fue ganado para la causa? Se le confiaba la bolsa; era el hombre práctico, sin duda el que en un principio demostrará más fe en Jesús, pues siendo hábil le había seguido: una fe indomable en el éxito temporal del Señor. Los demás también tenían fe, pero menos que Judas (…) Y Cristo lo sabía también. Judas estaba con Él desde el comienzo, y está todavía con Él y estará hasta el final”.

Aquí es pertinente detenerse a la tesis planteada por el ensayista esloveno Slavoj Žižek en su obra El títere y el enano (Paidós): “La figura retórica de la réplica de Cristo es, por supuesto, la de la orden negada: Judas es interpelado, no directamente (’Tú eres quien me entregará’), como el que entregará a Cristo a las autoridades, pero de ese modo la responsabilidad se deposita en el otro. ¿No es, pues, Judas el último héroe del Nuevo Testamento, el único que estuvo dispuesto a perder su alma y a asumir la condena eterna para que pudiera cumplirse el plan divino? En otras religiones, Dios pide a sus seguidores que permanezcan fieles a él; sólo Cristo pide a sus seguidores que lo traicionen para que él pueda cumplir su misión (…) La lectura obvia que se impone es perversa: mientras se quejaba de que alguien fuera a traicionarlo, Cristo le estaba dando a Judas, entre líneas, la orden de traicionarlo, pidiéndole el sacrificio más elevado, no sólo el de su vida, sino también el de su ’segunda vida’, el de su reputación póstuma. El problema, el oscuro nudo ético de este asunto, no está en Judas, sino en Cristo mismo. Para poder cumplir su misión, ¿estaba obligado a recurrir a semejante oscura y archiestalinista manipulación?”

Cuando Mauriac escribe que Jesús ya había llegado a los escupitajos mientras Caifás lo interrogaba, y dice después que los críticos de su versión sólo desean ver en el Nazareno a un agitador como hubo tantos antes de Él y después de Él, debe inferirse que comenzó a plantearse la necesidad de dar “algunos retoques” a su texto. Siglos antes El Veronés debió retocar el nombre de su última cena, al rebautizar su cuadro como La cena en la casa de Levy, debido a la incomodidad que provocó en el clero el retrato de sus excesos. Después de todo, el Nobel sólo quiso darse una lección de humildad para purificar su obra y acercarse al creador. O para decirlo con el verso de Percy Shelley: “No despiertes a la serpiente”.

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THIS CARTOON, HAS NOTHING TO DO WITH THE ARTICLE.

The word Christ, Christos.

The word Christ, Christos, the Greek equivalent of the Hebrew Messias, means “anointed.” According to the Old Law, priests (Exodus 29:29; Leviticus 4:3), kings (1 Samuel 10:1; 24:7), and prophets (Isaiah 61:1) were supposed to be anointed for their respective offices; now, the Christ, or the Messias, combined this threefold dignity in His Person. It is not surprising, therefore, that for centuries the Jews had referred to their expected Deliverer as “the Anointed”; perhaps this designation alludes to Isaias 61:1, and Daniel 9:24-26, or even to Psalms 2:2; 19:7; 44:8. Thus the term Christ or Messias was a title rather than a proper name: “Non proprium nomen est, sed nuncupatio potestatis et regni”, says Lactantius (Inst. Div., IV, vii). The Evangelists recognize the same truth; excepting Matthew 1:1, 1:18; Mark 1:1; John 1:17; 17:3; 9:22; Mark 9:40; Luke 2:11; 22:2, the word Christ is always preceded by the article.

Only after the Resurrection did the title gradually pass into a proper name, and the expression Jesus Christ or Christ Jesus became only one designation. But at this stage the Greeks and Romans understood little or nothing about the import of the word anointed; to them it did not convey any sacred conception. Hence they substituted , or “excellent”, for Christus or “anointed”, and Chrestians instead of “Christians.” There may be an allusion to this practice in 1 Peter 2:3; hoti chrestos ho kyrios, which is rendered “that the Lord is sweet.” Justin Martyr (Apol., I, 4), Clement of Alexandria (Strom., II, iv, 18), Tertullian (Adv. Gentes, II), and Lactantius (Int. Div., IV, vii, 5), as well as St. Jerome (In Gal., V, 22), are acquainted with the pagan substitution of Chrestes for Christus, and are careful to explain the new term in a favourable sense. The pagans made little or no effort to learn anything accurate about Christ and the Christians; Suetonius, for instance, ascribes the expulsion of the Jews from Rome under Claudius to the constant instigation of sedition by Chrestus, whom he conceives as acting in Rome the part of a leader of insurgents.

The use of the definite article before the word Christ and its gradual development into a proper name show the Christians identified the bearer with the promised Messias of the Jews. He combined in His person the offices of prophet (John 6:14; Matthew 13:57; Luke 13:33; 24:19) of king (Luke 23:2; Acts 17:7; 1 Corinthians 15:24; Apocalypse 15:3), and of priest (Hebrews 2:17; etc.); he fulfilled all the Messianic predictions in a fuller and a higher sense than had been given

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