(jul. 1st, 2007) Ciudad Victoria. La dirigente magisterial Elba Esther Gordillo Morales rechazó haber sido pieza clave para que los maestros del país hayan votado por Felipe Calderón Hinojosa en las pasadas elecciones presidenciales de 2006.
“Yo no formé a los maestros uno a uno para que votaran por Felipe Calderón, ni puedo calificar su trabajo en su primer año de administración, porque corresponde a los ciudadanos”, dijo la dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).
ADMIN. Seria interesante saber la opinion de los maestros. O no??
PARTE TRES.Tomado de La Jornada de la Cd. de Mexico.
Regreso a la ciudad de México
Prosigue la biógrafa: “A los 20 años de edad Graciela Olmos queda viuda de José Hernández, El Bandido, quien murió en la batalla de Celaya, y decide volver a la ciudad de México. Allí se dedica a jugar, fuerte, al póquer y, para colmo, se ve involucrada en la venta de joyas junto con Juan Mérigo, de la Banda del automóvil gris, por lo que a finales de 1922 se traslada a Ciudad Juárez. Al enterarse del asesinato de Francisco Villa, en 1923, cruza a El Paso, Texas, donde el general villista Rodrigo M. Quevedo la incorpora a un negocio insólito: la fabricación de whisky en Ciudad Juárez y su venta en Chicago.
“Graciela era mujer de trabajo, de organización y de agallas -continúa Newman-, por lo que pronto la pusieron al frente de un distrito en esa ciudad, precisamente en los dominios de Al Capone, quien complacido por el desempeño de sus socios mexicanos cierta vez invitó al general Quevedo y a La Bandida a su lujosa mansión, donde ofrecía una gran fiesta a miembros de la mafia. Ahí, recordaba Olmos, el mismísimo Capone le pidió que cantara Cielito lindo, La cucaracha y La Adelita, esta última se la acompañó en español el famoso y temible gángster.

Estrella Newman, el pistolero El Güero Batillas y Graciela Olmos, en esta imagen, parte de las numerosas gráficas que incluye el libro
“Pero no todo eran brindis y fiestas, por lo que al poco tiempo Graciela decidió mejor ‘pelarse’, en ambos sentidos, ya que se cortó el pelo y vestida con un traje de hombre a su medida, sombrero y un maletín con 46 mil dólares, burló a un aburrido policía en el hotel y enfiló presurosa rumbo a la frontera mexicana. En 1929 encontró en Tampico al Chato Guerra, promotor artístico, quien luego sería el dueño del cabaret Folies Bergere en la capital, pero que entre tanto a Chela más que partido como cancionera le sacó muy buen dinero en malas inversiones y peores partidas de póquer.
“Obviamente la compañía quebró, pero Graciela se hizo amiga de la estrella del espectáculo, Ruth Delorche, ‘que tenía el monte de Venus más hermoso del mundo’, según me dijo La Bandida, y en 1933 pusieron un lugar denominado Las Mexicanitas. La primera se encargaba de la variedad y ‘los platillos’ y la Olmos de la administración.
“Era tal la belleza de Ruth, amante por entonces del general Calles, que Agustín Lara, deslumbrado e inspirado, le compuso Señora tentación. Graciela me contaba que muchas mujeres se han paqueteado con el cuento de que Agustín se inspiró en ellas, pero la verdad es que esa canción se la inspiró Ruth Delorche.”
-¿Cómo empezó la relación entre tú y La Bandida?, pregunto a la polifacética Estrella Newman, biógrafa del increíble personaje en que se convirtió la persona de Graciela Olmos, y próxima a dar a la imprenta las confidencias que aquella le hizo.
“Carlos Madrazo, el político tabasqueño -contesta la también pintora y escultora-, me presentó con La Bandida cuando yo tenía unos 15 años de edad. Al poco tiempo la mujer me dijo: ‘Eres la hija que hubiera querido tener’, y nació una sólida amistad que duraría hasta su muerte, a los 67 años de ser la emperatriz de su propia existencia, luego de más de tres lustros de mantener una comunicación constante entre las dos. Me heredó gruesos rollos de película de Salvador Toscano sobre la Revolución, y poco después de su partida me puse a grabar todo lo que iba recordando. La única foto que tengo con ella nos la tomaron cuando yo tenía 18 años. Estamos con El Güero Batillas, uno de sus guardaespaldas.
“Me contaba Graciela -añade Estrella- que alrededor de 1935 decidió ‘cerrar la fábrica y abstenerse de tener pareja y relaciones sexuales’. Apenas rebasaba los 40 años, pero más que por su físico creo que esa decisión obedeció a las experiencias vividas con hombres tras la muerte de su esposo, José Hernández El Bandido, quien además de general de Villa había sido maestro.
Las Mexicanitas
-Nos quedamos -le recuerdo a la maestra Newman- en que La Bandida y Ruth Delorche, ‘la del monte de Venus más bello del mundo’ pusieron en la ciudad de México un lugar llamado Las Mexicanitas.
-Allí Graciela empezó a generar simpatías con los empleados, meseros y policías, así como con los clientes, que lo mismo eran banqueros y funcionarios que poetas, escritores y periodistas. Su espíritu bohemio envolvía a cuantos iban a divertirse bebiendo y cantando, no nomás en busca de mujeres. Ello empezó a despertar los celos en la dotada Ruth, que no podía creer que personalidad y corridos mataran belleza.
“La gota se derramó cuando Ruth, luego de advertirle que no quería nada de parodias, llevó a La Bandida a una fiesta que daba el general Calles en Cuernavaca. Como Graciela Olmos descubriera entre los comensales a varios tenientes, capitanes y coroneles villistas convertidos ahora en generales e incrustados en el gobierno en turno, contrariada decidió estrenar su sentido corrido Siete leguas, que había compuesto en honor del Centauro del Norte, pues su lealtad a éste rebasó inclusive el amargo recuerdo de Celaya.
“En el gobierno cardenista se inició una fuerte campaña contra las casas de juego, que iban de la mano de las casas de citas, por lo que Graciela manejó sus negocios desde un penthouse del hotel Regis, por abajo del agua y pagando frecuentes multas para que sus hijitas fueran puestas en libertad inmediatamente. Unos meses antes de entregar el poder el general Cárdenas, con ayuda de los líderes Fidel Velázquez y Fernando Amilpa, Graciela Olmos abrió la casa de La Bandida.
“Pero decir casa es un decir. Hablamos de una residencia amplísima, reluciente de limpia, con funcional distribución, amplio comedor central, elegante bar, finas cortinas, siete cocineras, cien hermosas mujeres de planta, cien meseros, 60 guitarras, legiones de músicos y cantantes y 10 mil pesos diarios, de los años 40, para el almuerzo gratuito de sus hijotos, como llamaba a su personal.
“Teresa, Leticia, La Malinche, Esther, La Gata, La Valentina, Carmen, Laura, Linda, Aída, La Nancy, Consuelo, Mireya, La Rubia, Luisa La China, La Obsidiana, La Milagros, Nely, Ambar, María del Pueblito, La Bigotes, Rebeca, Urania, Consuelo, La Torera, Raquel… y muchas otras mujeres hermosas. No pocas de estas bellezas terminaron como artistas de cine y teatro, otras son actualmente señoras de sociedad, ricas y con hijos profesionistas. La Bandida las quería, las capacitaba y las cuidaba porque, decía, ‘donde hay buenas putas no hay hambre’.
“En efecto, las hijitas de Graciela tenían que asistir todos los días a clases de estética y danza, con el maestro Alfonso Vargas; de natación, con René Muñiz, y de buenos modales y urbanidad con la maestra Rosita. De las calles de Durango debió cambiarse a la avenida Ejército Nacional y a otras ubicaciones, no sólo por el crecimiento de la ciudad, sino porque además había quejas, ya que muchos de los clientes echaban bala cuando estaban contentos.
“Otros abrieron casas y casinos y La Bandida, lejos de enojarse, les decía: ‘Tú di que la casa es mía y verás que ya no te molestan’, pues fue amiga y protegida de muchos, entre otros de Maximino Avila Camacho y del presidente Miguel Alemán. Todo lo que ganó, Graciela lo gastó y lo regaló. No era avara ni usurera, sino mujer de empresa, eficiente, pero desprendida.”
Legión de compositores y músicos

Estrella Newman autora del libro sobre Graciela Olmos.
Newman agrega: “Desde luego lo que más se conoce de la casa de La Bandida, antes que la coca y la mariguana que se consumían o los ricos y famosos que la frecuentaban, es la maravillosa legión de compositores, músicos y cantantes que ahí trabajaron para luego, gracias a su talento y a veces a las medidas radicales de la Olmos, saltar a la fama.
“Compositores geniales como Agustín Lara, su amigo de siempre, no empleado, o Alvaro Carrillo, a quien yo llevé -precisa Newman-, o José Alfredo Jiménez, otro amigo entrañable; tríos espléndidos como Los Tres Ases, Los Panchos, Los Diamantes; intérpretes de lujo, como Marco Antonio Muñiz, Pepe Jara, Miguel Aceves Mejía, Carlos Lico, Beny Moré, a quien le encantaba ir a beber y a cantarles a las muchachas, Cuco Sánchez o Javier Solís.
“Renombrados actores y cómicos, pelotaris, tahúres, galleros y propietarios de caballos de carrera, eran sus amigos y clientes, así como Diego Rivera y Pablo Neruda. Y claro, figurones del toreo de esa época, como El Soldado, hermano espiritual de Graciela, Silverio, Garza y Manolete, que no era místico delante de las mujeres, sino pundonoroso delante de los toros.
“Cercana su muerte, serena e irónica, le dijo a un grupo de periodistas: ‘Cabrones, a mí no me vayan a poner como heroína porque yo fui sólo cocaína’.

“Sin dinero -concluye Estrella Newman emocionada-, por casi todos olvidada, una noche de mayo de 1962 Graciela Olmos descansó de decirle sí a la vida. Fue amortajada por la madre superiora de un asilo de huérfanos al que Graciela ayudaba y llegó a darle los últimos auxilios, y a echar agua bendita sobre su féretro su hermano sacerdote, Benjamín, El Beato, como ella le decía. No pudo tener mejor epitafio que su propia inspiración:
Ya la enramada se secó
el cielo el agua le negó…”
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